La paciencia de Dios no es permisividad ni resignación. Es misericordia que espera, confianza en la fuerza transformadora de la gracia y oportunidad para la conversión. Dios no renuncia a nadie. Donde nosotros solemos escribir una condena definitiva, Él sigue sembrando esperanza.
Esta parábola es también una advertencia para la Iglesia. Cada vez que se cree una comunidad de perfectos, deja de parecerse a Jesús. La Iglesia no es el lugar de los impecables, sino el hogar de quienes, aun siendo pecadores, se dejan transformar por la misericordia de Dios. La santidad no nace de excluir a los débiles, sino de permitir que la gracia haga madurar el trigo que el Señor ha sembrado en cada corazón.



