Este Evangelio sigue siendo profundamente actual. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de hombres y mujeres llamados por la misericordia. Cuando una comunidad cristiana deja de tener lugar para los heridos, los frágiles y los que buscan recomenzar, deja de parecerse a Jesús.
El Reino de Dios no se construye sobre los méritos humanos, sino sobre la gracia. Jesús no es el premio reservado para los buenos; es el Médico que sale al encuentro de los enfermos, el Pastor que busca a la oveja perdida y el Salvador que hace posible un futuro nuevo.
Porque, al final, Dios no mira a las personas como son, sino como pueden llegar a ser cuando se dejan alcanzar por su amor. Allí donde nosotros vemos un pasado, Dios siempre ve una vocación. Allí donde nosotros pronunciamos una condena, Él sigue pronunciando la misma palabra que cambió la vida de Mateo: «Sígueme.»


