Jesús le dice al paralítico: «Levántate.» Esa palabra sigue resonando hoy en la vida de cada creyente. Cristo no vino simplemente a hacernos personas un poco mejores; vino a levantarnos de todo aquello que nos mantiene postrados: el pecado, la culpa, el resentimiento, el miedo, la desesperanza y la falta de sentido.
Para Dios, el valor de una persona no está en su pasado, sino en el futuro que su gracia puede abrir. Mientras hay vida, siempre hay posibilidad de conversión. Mientras el corazón late, Dios sigue pronunciando la misma palabra: «Ánimo, hijo.» Porque nadie puede caer tan bajo como para quedar fuera del alcance de su misericordia, y nadie está tan perdido como para que Cristo no pueda volver a ponerlo de pie.


