Dios respeta profundamente nuestra libertad, incluso cuando la utilizamos para alejarnos de Él. Pero nunca deja de buscarnos. Su providencia sigue conduciendo la historia y es capaz de sacar bien incluso de nuestros errores. Los únicos obstáculos definitivos no se los ponemos a Dios, sino a nosotros mismos cuando cerramos el corazón.
Por eso, la verdadera pregunta de este Evangelio no es qué poder tienen los demonios, sino qué lugar ocupa Cristo en nuestra vida. Porque cuando Él entra de verdad en el corazón, el mal pierde su dominio, el miedo deja de gobernar y comienza una libertad que ninguna fuerza de este mundo puede arrebatar.


