El seguimiento de Cristo también exige una comunidad con el corazón abierto. Jesús se identifica con quienes anuncian el Evangelio y con los pequeños, los frágiles, los que necesitan ser recibidos. La autenticidad del discípulo no se mide solo por su oración o sus palabras, sino por su capacidad de acoger, de servir y de hacerse cargo del hermano. Un vaso de agua ofrecido con amor puede tener un valor eterno.
Seguir a Cristo siempre tiene un precio, pero también una promesa. Quien se aferra únicamente a sus seguridades termina perdiendo la vida; quien se anima a entregarla por el Evangelio descubre una libertad, una alegría y una plenitud que el mundo no puede ofrecer. El discípulo no pierde cuando se da: encuentra en Cristo la vida verdadera.

