A pesar de todas las heridas personales y sociales de nuestro tiempo, Cristo sigue pasando junto a nosotros. Sigue extendiendo su mano sobre nuestras lepras visibles e invisibles. Sigue esperando la oración humilde del que reconoce su necesidad: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y sigue enviando a su Iglesia para que sea signo de esa misma misericordia, capaz de tocar las heridas del mundo y devolver esperanza a quienes la han perdido.
Porque una comunidad verdaderamente cristiana no se reconoce por la perfección de sus miembros, sino por su capacidad de acercarse a los heridos con la misma compasión con que Jesús se acercó al leproso.

