Cuando el dinero se convierte en absoluto, termina exigiendo sacrificios humanos: rompe vínculos, genera injusticias y deja corazones vacíos.
Jesús nos invita a mirar más alto. Los verdaderos tesoros no se guardan en cajas fuertes ni se cotizan en los mercados. Están en las manos que comparten, en el corazón que perdona, en la vida que se entrega y en la confianza puesta en Dios.
Sólo quien hace de Dios su riqueza descubre la verdadera libertad. Porque fuimos creados para el infinito, y ningún bien pasajero puede llenar el corazón humano. Como decía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

