El amor a los enemigos es la cima del Evangelio. Allí Jesús ha colocado el corazón de su proyecto, sustituyendo la ley de la reciprocidad por la ley nueva del amor sin límites. Ninguna voluntad humana es capaz de alcanzar por sí sola esta altura. Es una obra de la gracia. Por eso el discípulo necesita vivir unido al Señor en la oración, dejarse moldear por la compasión y abrirse constantemente a la acción del Espíritu.
Sólo quien se sabe amado y perdonado por Dios puede amar más allá de toda medida. Sólo quien ha experimentado la misericordia puede convertirse en instrumento de reconciliación. En un mundo marcado por la polarización, el odio y la violencia, el cristiano está llamado a ser una profecía viva: testigo de que el amor es más fuerte que el rencor, el perdón más poderoso que la venganza y la misericordia la última palabra de Dios sobre la historia.

