La disposición a dar, a servir y, llegado el caso, a renunciar incluso a la propia defenasa por fidelidad al Evangelio, revela la libertad de quien ha puesto su vida en las manos de Dios. Nada esclaviza más que el odio; nada libera más que el amor.
Por eso, el Señor nos llama a ser artesanos de una humanidad nueva. En un mundo marcado por la confrontación, la agresividad y el descarte, el cristiano está llamado a romper la cadena de la violencia y a inaugurar una lógica distinta. No se trata simplemente de comportarse mejor, sino de dejar que la gracia transforme el corazón para que, allí donde el mundo espera venganza, aparezca el perdón; donde espera enemistad, surja la fraternidad; y donde parece triunfar el mal, resplandezca la fuerza humilde y profética del Evangelio.

