La verdadera realeza de Jesús se manifiesta en la cruz y alcanza su plenitud en la resurrección. Su trono no es un palacio, sino el madero desde donde entrega la vida por amor. Su victoria no consiste en derrotar enemigos, sino en vencer el pecado y la muerte. Sentado a la derecha del Padre, reina para siempre, pero sigue siendo el mismo Señor que caminó entre los pobres, tocó a los enfermos, perdonó a los pecadores y se inclinó ante el sufrimiento humano.
Por eso su propuesta resultó escandalosa para muchos. Un Mesías servidor no respondía a los intereses de quienes buscaban privilegios, seguridades o poder religioso. Y sigue siendo desafiante también para nosotros, porque el Evangelio continúa desenmascarando toda ambición de dominio, todo clericalismo y toda búsqueda de prestigio personal.

