El amor cristiano no puede quedarse en palabras bonitas, discursos o buenos deseos. El amor se vuelve verdadero cuando se hace servicio, cercanía, perdón, compasión y entrega. Se hace concreto cuando alimenta al que tiene hambre, visita al enfermo, escucha al que sufre, acompaña al que está solo y defiende la dignidad de quien es descartado.
En un mundo donde crecen el individualismo, la indiferencia y la cultura del descarte, el Evangelio sigue proclamando una verdad profundamente profética: amar a Dios es amar al ser humano. Cada vez que tendemos la mano a un hermano, Dios mismo es honrado. Cada vez que cerramos el corazón al que sufre, también se oscurece nuestra relación con Él.

