Cuando el orgullo, los prejuicios, los intereses personales o el miedo ocupan el centro de nuestra vida, corremos el riesgo de rechazar la novedad de Dios, aun creyendo que estamos defendiendo la fe. En cambio, quien vive abierto al Espíritu sabe escuchar, discernir y dejarse conducir.
La pregunta de Jesús sigue resonando hoy: ¿estamos buscando sinceramente la voluntad de Dios o solamente aquello que confirma nuestras propias ideas? El Espíritu continúa hablando a la Iglesia y al mundo, pero sólo los corazones humildes pueden reconocer su voz y seguir sus caminos.

