Seguir a Cristo implica muchas veces renuncia, esfuerzo y perseverancia. Como el sembrador que trabaja esperando la cosecha, como los padres que entregan su vida por sus hijos, como tantos hombres y mujeres sencillos que sostienen la esperanza en medio de las dificultades. Allí, en el amor concreto y silencioso, resplandece la gloria de Dios.
Por eso, cada discípulo necesita preguntarse si quiere seguir a Jesús sólo en los momentos luminosos o también en la subida a Jerusalén. Porque únicamente quien aprende a servir con amor puede participar verdaderamente de la vida nueva del Reino.

