La misión del Espíritu no es reemplazar a Cristo, sino hacerlo presente y vivo en la historia. Él nos ayuda a comprender el Evangelio desde dentro, a interiorizar la salvación y a dejarnos transformar por ella. Es Dios mismo quien nos capacita para vivir en este mundo con los sentimientos, los criterios y el estilo de vida de Jesús.
Por eso Pentecostés es también el nacimiento de una Iglesia misionera. El Espíritu transforma a discípulos encerrados y temerosos en testigos valientes del Evangelio. La Iglesia no puede evangelizar apoyándose solamente en estrategias, estructuras o fuerzas humanas. No hay verdadera evangelización sin el Espíritu Santo. Sólo Él puede formar a Cristo en el corazón de los creyentes y convertirnos en transparencia viva del Resucitado.

