El milagro de Jesús es una llamada directa a nuestra responsabilidad. Nos muestra que la fe no puede quedarse en palabras ni en ritos aislados.
La Eucaristía, el pan partido, no es sólo un gesto litúrgico: es una forma de vida. Quien comulga el Cuerpo de Cristo está llamado a hacer de su vida un pan que se parte.
Porque si el pan consagrado no se vuelve pan compartido, la Eucaristía queda incompleta.
Ahí está lo profético: el verdadero milagro no es que el pan se multiplique, sino que el corazón se abra.
Y ahí se juega todo.

