La Resurrección rompe todas las fronteras: ya no hay barreras culturales, sociales o religiosas que puedan encerrar el amor de Dios. El Evangelio es para todos.
Y en ese salir, hay un lugar privilegiado para encontrar al Resucitado: en el dolor de los que sufren, en las heridas abiertas de nuestro pueblo, en las manos y los pies traspasados de tantos hombres y mujeres. Ahí Cristo sigue pasando, ahí su Pascua sigue ocurriendo. Nosotros anunciamos no porque sepamos mucho, sino porque no podemos callar lo vivido: “no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído”. Y ese anuncio no necesita muchas palabras, sino gestos concretos que hagan visible la ternura de Dios y que ayuden a mirar hacia la Fuente de la Vida.

