El proyecto de Jesús pasa por nuestra libertad. Dios no la fuerza. La respeta hasta el extremo, incluso cuando elegimos mal. Pero la libertad solo se vuelve verdadera cuando se deja iluminar por el amor.
Por eso, junto a la libertad de traicionar, aparece la libertad más honda: la de entregarse. Y esa solo nace del amor.
Y junto a nuestra libertad, brilla la de Dios: su omnipotencia no es dominio, es amor que se entrega. Un amor que, en su Hijo, llega hasta el extremo para que el pecado no tenga la última palabra.
Conocer ese amor, dejarnos tocar por Él, confiar de verdad… es lo que puede salvarnos de la traición. Y aun cuando caemos, es ese amor el que nos levanta, nos vuelve a llamar, nos devuelve al camino.


