Aquí aparece una paradoja profunda: lo que nace de la mezquindad humana, Dios lo transforma en camino de vida. La frase del sumo sacerdote, pensada como una justificación política, se vuelve sin saberlo una profecía. Sí, uno va a morir por el pueblo… pero no para sostener un sistema, sino para salvar. No para conservar privilegios, sino para reunir a los hijos de Dios dispersos y abrir un horizonte nuevo para todos.
Así obra Dios. No elige sólo lo perfecto, ni espera condiciones ideales. Entra en la historia real, con sus luces y sus sombras. Se vale incluso de lo débil, de lo confuso, de lo que parece contrario, para llevar adelante su obra. Y entonces queda claro que la salvación no nace de nuestras capacidades, sino de su gracia.

