Nuestros pecados son como mordeduras que van quitando vida: la falta de amor, las injusticias, las infidelidades, la dureza del corazón. Y muchas veces intentamos curarnos solos, sin volver a Dios.
Pero la salvación no está en nosotros mismos. Está en mirar a Jesús, en dejarnos alcanzar por su misericordia, en reconocer nuestra necesidad y abrirnos a su gracia.
Levantar la mirada al Crucificado es mucho más que un gesto: es un camino. Es dejar que el corazón se eleve hacia Dios con humildad, con arrepentimiento, con deseo de cambiar. Es abrirse al perdón, dejarse reconciliar, empezar de nuevo.
Porque en la cruz no sólo hay dolor y muerte. En la cruz nace la vida nueva. Allí Jesús se convierte para nosotros en fuente de gracia, en camino de salvación.

