Jesús no vino a alargar la vida biológica, sino a darnos una vida que la muerte no puede destruir. Una vida que comienza en lo profundo del corazón, que crece en el amor y en la entrega, y que alcanza su plenitud en Dios. Sin Jesús, la muerte aparece como final; con Jesús, la muerte es paso.
Creer en Él no es sólo aceptar una idea, sino elegir su modo de vivir como camino, dejar que su vida nos transforme desde dentro y nos haga hombres y mujeres nuevos. La salvación no ocurre sólo al final: se va gestando cada día, cuando escuchamos su palabra y la hacemos vida. Por eso, después de la muerte, el discípulo recibe en plenitud esa vida que fue sembrando día a día.

