Jesús fue signo de contradicción. Y quien lo sigue comparte, de algún modo, su destino.
Lo triste no sería ser cuestionados. Lo triste sería no decir nada, no iluminar nada, no incomodar a nadie. Ser sal sin sabor. Luz escondida.
Estamos en medio de una batalla silenciosa entre el bien y el mal. No con violencia, sino con fidelidad. El discípulo no busca el conflicto, pero tampoco renuncia a la verdad.
Si vivimos unidos al Padre, como Jesús, no debemos temer. Nuestra hora también está en sus manos. Y aunque el mundo no entienda, el Evangelio seguirá siendo buena noticia para los pobres y luz en medio de la oscuridad.

