El funcionario inicia el camino con una fe frágil, casi interesada. Pero termina con una fe más madura: “creyó él y toda su casa”. La fe se vuelve contagiosa cuando se experimenta que la palabra de Cristo es verdadera. Cuando uno descubre que lo que Él dice se cumple, que su palabra sostiene, sana y levanta.
La vida pública de Jesús —que lo conducirá a la cruz y a la resurrección— está sembrada de estos signos de vida. Cada gesto suyo anuncia que Dios no quiere la muerte del hombre, sino que viva. Cada palabra suya desarma la desesperanza.
También hoy estamos llamados a algo más que admirar los signos. Estamos llamados a creerle. Creerle cuando nos dice que el amor es más fuerte que el odio. Creerle cuando nos pide perdonar. Creerle cuando nos invita a salir de nuestras seguridades y caminar confiados solo en su palabra.

