Con esta enseñanza, Jesús desmonta toda religiosidad que pretende honrar a Dios olvidándose del hombre. La gloria de Dios no está en prácticas externas vacías, sino en una humanidad reconciliada y fraterna. La plenitud de la Ley es el amor. Allí nace la nueva humanidad: hijos que aman al Padre y hermanos que se aman entre sí.
Lo que Dios ha unido en el amor, el hombre no puede separarlo. Amar a Dios y amar al hermano es una sola realidad. Esa es la grandeza del Reino: el amor a uno mismo deja de ser egoísmo y se convierte en medida y camino para amar al único Dios y a todos los hermanos.

