El problema no estaba en la Ley, sino en el corazón que la había reducido a un cumplimiento exterior. Cuando el medio se convierte en fin, todo se desordena. La Ley era camino hacia Dios, pero terminó siendo usada como medida de poder, como instrumento de exclusión, como garantía de superioridad espiritual. Jesús, con fuerza profética, desenmascara esa deformación y devuelve a Dios su verdadero rostro.
Jesús no anula los mandamientos; los lleva a su raíz. No propone menos, sino más. No pide solo cumplir, sino vivir. No se trata de observar una norma, sino de entrar en el proyecto de Dios. En Jesús, la Ley deja de ser un código y se convierte en vida entregada.

