La sed de la samaritana es la sed de toda la humanidad. Sed de sentido, de amor, de verdad, de salvación. Vamos de un “pozo” a otro intentando saciarnos, pero seguimos vacíos.
La sed de Jesús es distinta: Él tiene sed de que el corazón humano se abra a Dios. Pide de beber para despertar en nosotros el deseo de una vida más profunda. El que puede saciar a todos se presenta como sediento. El amor tiene sed de amar.
Jesús no nos da el agua viva desde afuera, como algo mágico. Nos revela que dentro de nosotros puede brotar un manantial cuando dejamos actuar al Espíritu. Pero el primer paso es la verdad: dejar de engañarnos, reconocer nuestra sed, aceptar nuestra fragilidad.
Jesús sigue sentado junto a nuestros pozos cotidianos. Sigue pidiendo de beber. Y sigue ofreciendo el agua viva. Quien se deja encontrar por Él descubre una vida nueva: una vida que ya no depende solo de lo exterior, sino que brota desde dentro, en espíritu y en verdad.

