Jesús cuenta esta parábola a los dirigentes religiosos que lo criticaban porque recibía a pecadores, publicanos y prostitutas. Con esta historia les muestra algo muy profundo: el amor del Padre no hace distinciones. En el Reino nadie tiene privilegios por sus méritos. La puerta está abierta para todo el que se deja abrazar por Dios.
El perdón no es un premio para los perfectos; es una medicina para los heridos. Y el Reino de Dios no se construye excluyendo, sino acogiendo con misericordia.
Dios nunca se pone en contra de nosotros, ni siquiera cuando pecamos. Siempre se pone de nuestro lado para levantarnos. Se opone al pecado, porque destruye la vida, pero nunca al pecador. Nunca deja de buscar al hijo.
El único “agradecimiento” que Dios espera es que recibamos su amor y lo vivamos con los demás: siendo comprensivos, perdonando, teniendo misericordia.
Solo así entramos en la verdadera fiesta: la del perdón que devuelve la dignidad y reconstruye la fraternidad.

