El Reino comienza aquí, cuando se rompe la barrera de la indiferencia; cuando dejamos de justificar las desigualdades como algo inevitable; cuando la misericordia se vuelve solidaridad concreta. El Reino empieza cuando el pobre deja de ser invisible.
No hemos sido creados solo para este mundo pasajero, pero la vida eterna comienza en la manera en que vivimos hoy. No podemos esperar el juicio final para empezar a construir una sociedad más justa. Si somos hijos de un mismo Padre, no podemos vivir como extraños entre nosotros.
Esta parábola nos llama a revisar dónde está puesta nuestra seguridad, a abrir los ojos ante el dolor que está a nuestra puerta, a no postergar la conversión. El tiempo de compartir es ahora.

