Todos deseamos vivir con integridad. Nadie quiere sentirse dividido por dentro. Pero cuando empezamos a mirarnos con sinceridad, descubrimos incoherencias, intereses ocultos, búsquedas de reconocimiento, pequeñas manipulaciones. Y eso puede desanimarnos.
Por eso la Cuaresma es un tiempo de recomposición interior. No es un tiempo de maquillaje espiritual ni de retoques superficiales. Es un camino para unificar la vida, para que lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos caminen en la misma dirección. Es dejar que el Evangelio nos atraviese, aunque cuestione nuestros intereses y seguridades.
La Palabra de Dios nos ilumina en este camino hacia la Pascua. Nos invita a ir a la raíz, no a quedarnos en la superficie. A pasar de una religión de gestos a una vida transformada.

