La Transfiguración nos asegura que la entrega no es inútil. Que el amor que se da no se pierde. Que trabajar por el Reino, aun en medio de límites y cruces, conduce a la verdadera realización humana. Nos ayuda a unir nuestras pequeñas muertes cotidianas —esperadas o imprevistas— con la muerte y resurrección de Cristo. Cruz y Pascua forman un único acontecimiento salvador.
Caminamos hacia la Pascua haciendo Pascua. Transfiguramos la vida cuando, en medio de la oscuridad, elegimos confiar; cuando bajamos del monte para servir; cuando escuchamos al Hijo amado y dejamos que su palabra nos conduzca por caminos nuevos. Una Iglesia que se anima a desinstalarse y a dejarse guiar por el Espíritu es una Iglesia que ha entendido la voz del Padre: “Escúchenlo”. Y al escucharlo, se pone de pie, baja al llano y hace brillar, en medio del mundo, la luz que un día contempló en el monte.

