En Jesús, la misericordia divina se ha volcado sobre todos sin distinción y espera ser acogida.
La salvación no llega mediante una irrupción violenta que rompa la historia, sino entrando en ella. Dios no salva desde fuera, sino desde dentro, asumiendo nuestras fragilidades, nuestras pobrezas y nuestros límites. Allí, en lo ordinario y humilde, actúa su poder.
En esta Cuaresma, el Señor vuelve a dirigirnos su Palabra. Nos invita a una conversión sincera, a cambiar la mirada, a descubrir que el gran milagro es su misericordia. Y nos llama a ser, como Iglesia, signo vivo de esa misericordia.

