La comida de Jesús con los pecadores no es un simple gesto social. Es signo del banquete del Reino. Es la fiesta de un Dios que no espera que el hombre se purifique para acercarse, sino que se acerca para purificarlo. Es la celebración de la misericordia que ofrece gratuitamente el perdón y la intimidad con Él.
Los fariseos no logran comprender esta gratuidad. Para ellos, la cercanía con el pecador contamina; para Jesús, lo que sana es precisamente esa cercanía. Y su respuesta es clara: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Con estas palabras revela el corazón mismo de su misión. Su presencia entre nosotros es medicina, no premio; es búsqueda, no exclusión.


