El ayuno que agrada al Señor es liberar al oprimido, abrir prisiones injustas, partir el pan con el hambriento, acoger al que no tiene techo, vestir al desnudo, no desentenderse del hermano. Ese es el ayuno que Jesús vive y enseña. Un ayuno serio, pero no triste. Un ayuno que relativiza lo secundario para centrarse en lo esencial. Un ayuno que reordena la vida.
Ayunar nos hace libres. Nos entrena para decir “no” a una cultura que nos empuja a consumir sin medida, a crearnos necesidades artificiales, a vivir centrados en nosotros mismos. El ayuno nos devuelve la capacidad de elegir.


