La levadura de los fariseos: una religión que aparenta pureza pero endurece el corazón.
La levadura de Herodes: un poder que se sostiene dominando y eliminando al débil.
Dos rostros distintos, un mismo espíritu: usar a Dios o usar al pueblo para conservar poder.
Pero el camino de Jesús es radicalmente otro. No es conquistar, es servir.
No es imponerse, es entregarse. No es acumular, es compartir. Por eso les recuerda la multiplicación de los panes. El verdadero signo del Reino no es el espectáculo ni el prestigio, sino el pan partido. El milagro no es la ostentación, sino que nadie quede excluido.
Lo contrario de la levadura del orgullo es el gesto humilde de compartir. Lo contrario del poder que excluye es la mesa abierta. Lo contrario de la fe ideologizada es la compasión concreta.
Y el mensaje sigue siendo urgente para nosotros. También hoy hay “levaduras” que inflan pero no alimentan: la búsqueda obsesiva de reconocimiento, la espiritualidad sin misericordia, la religión convertida en bandera ideológica, las palabras brillantes que encubren indiferencia.


