Siempre existirá la tentación de buscar señales extraordinarias para convencer o acallar a los demás, especialmente en tiempos de crisis o debilidad de la fe.
La fe no se compra, no se impone, no se somete a juicios humanos. Es don. Y los dones no se exigen: se piden y se reciben con humildad. El mundo no necesita espectáculos religiosos, necesita testigos. Personas cuya vida hable sin estridencias, que muestren con gestos sencillos que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón vence al rencor y que la esperanza no muere. Ese es el signo que Dios sigue dando. Y ese es el signo que estamos llamados a ser.


