En una cultura que necesita contratos, garantías y juramentos porque la palabra se ha vaciado, Jesús propone una integridad radical. El discípulo debe ser “fe pública” con su propia vida. Que su “sí” sea sí y su “no” sea no. Sin doblez. Sin máscaras. Sin estrategias.
Decir “sí” al bien y sostenerlo.
Decir “no” al mal y mantenerlo.
Eso forma hombres y mujeres de cuerpo entero. Personas cuya coherencia habla más fuerte que cualquier discurso. No se trata de una moral rígida, sino de una conversión interior. Jesús no busca cumplidores externos, sino corazones nuevos. Hombres y mujeres cuya raíz sea el respeto radical por la dignidad del otro, porque en cada rostro está la huella del Padre.
El Reino comienza allí: en un corazón reconciliado, en una mirada limpia, en una palabra verdadera. Y desde ahí se transforma el mundo.


