Aquí se revela un rasgo profundo de Dios: Él no se deja encerrar en fronteras culturales ni religiosas. La promesa mesiánica comienza en Israel, sí. Pero no termina allí. La salvación no tiene dueño.
No es la raza, ni la tradición, ni la pertenencia externa lo que abre las puertas del Reino. Es la fe. Es la confianza humilde. Es el corazón que se acerca sin orgullo.
Nadie tiene el monopolio de Dios. Nadie puede apropiarse de la gracia. Dios desborda nuestros límites y nuestras categorías. Muchas veces quienes creemos estar “dentro” podemos tener menos fe que quienes están “fuera”.


