La tempestad es un espejo de nuestras propias tormentas. A los cristianos no se nos prometió un viaje tranquilo. La fe no es una receta para evitar el dolor ni una garantía de éxito. La fe no elimina las dificultades, pero nos sostiene en la certeza de que el Señor está con nosotros, incluso cuando parece dormir.
Creer es despertar cada día al Cristo que habita en nosotros. Él, con su muerte y resurrección, ha vencido al mal y nos ha traído la salvación. Su Espíritu anima la Iglesia y la historia.
Dios no nos abandona nunca, camina siempre con nosotros. Pero no suple lo que a cada uno le toca hacer. Nos pide compromiso, entrega y valentía para construir un mundo que no se conforme con lo logrado ni se encierre en el egoísmo.


