Creer en Cristo es dejar que su Luz viva en nosotros y, al mismo tiempo, convertirnos en portadores de esa Luz para un mundo que muchas veces camina a oscuras. Quien cultiva la esperanza, la solidaridad, el deseo de justicia y de paz, la misericordia y el perdón, verá cómo Dios hace crecer todo eso. En cambio, quien se encierra en el egoísmo, la indiferencia o el orgullo termina perdiendo incluso lo que cree tener.
Dios nos quiere luz. Una luz firme y valiente, que no se apaga ante las dificultades ni frente al riesgo de entregar la propia vida por Cristo y por el amor al prójimo.
Como discípulos, estamos llamados a ser un signo claro de su amor. Que por nuestras palabras, nuestras obras y nuestra forma de vivir, el mundo pueda descubrir que Dios sigue caminando entre nosotros, salvando, sanando y amando sin medida.


