No es fácil ser profeta. Hace falta una profunda identificación con Jesús para serlo de verdad. Cuando intentamos configurarnos con Cristo, nuestra vida deja de ser neutra. Nuestra presencia interpela, incomoda, provoca reacciones, incluso en personas cercanas: en la familia, en el trabajo, en los vínculos cotidianos.
Para muchos, una vida arraigada y comprometida con el Evangelio hasta las últimas consecuencias resulta molesta, porque se convierte en un reclamo silencioso para la conciencia. El cristiano que ha optado de verdad vive de manera radical, porque el amor es así: no se divide, no se negocia, es “todo o nada”. Y esto puede parecer una locura.


