También hoy podemos caer en una religiosidad minuciosa y fría, donde la letra mata al espíritu. Podemos cumplir y, sin embargo, no amar. Por eso estamos llamados a descubrir en el domingo más los valores que el precepto, sin negar este último. Las cosas no valen porque están mandadas; están mandadas porque protegen valores esenciales para la persona y la comunidad.
La ley debe servir a la convivencia y a la vida, nunca ser una nueva forma de opresión. Su espíritu está al servicio de Dios para glorificarlo y al servicio del ser humano para dignificarlo.
La denuncia de Jesús nos invita a salir de una religión de observancias vacías y a seguirlo por los caminos del amor liberador, creativo y profundamente humano del Reino.


