La formación del discípulo no se da dentro de una religión de leyes y ritos vacíos, sino en la adhesión viva a Jesús y a su proyecto de amor y liberación.
Jesús nos invita a vivir siempre de fiesta, porque siempre somos amados por Dios y siempre estamos llamados a amarnos entre nosotros. El discípulo no se distingue por la cantidad de prácticas religiosas, sino por un estilo de vida centrado en Cristo y animado por el Espíritu Santo.
Cristo ha venido a renovar toda nuestra vida. Y mientras esa fe no se traduzca en amor fraterno, compromiso por la paz y búsqueda concreta de justicia, todo lo demás —por más religioso que parezca— no será más que un remiendo sobre lo viejo.


