Necesitamos reconocer que Él puede infinitamente más que nosotros. Que no se trata de remar mejor, sino de dejarlo subir a la barca. Arriesgarnos a confiar, entregarnos, soltar el control.
Dios nunca es indiferente. Ve nuestros esfuerzos y, a su tiempo, se pone en camino hacia nosotros. No para reprocharnos, sino para rescatarnos y llevarnos a puerto seguro. Nos pide solo una cosa: cooperar con su gracia, hacer lo que está a nuestro alcance y confiar en que Él completará la obra.
La paz no llega cuando desaparecen los problemas, sino cuando Jesús está con nosotros en la barca. Con su presencia, el viento se calma y el miedo pierde fuerza.
El amor expulsa el temor. Dios siempre viene a nuestro encuentro en la tormenta. Nunca nos abandona. Ya lo ha demostrado entregándonos a su Hijo, y sigue haciéndolo cada vez que, en medio del miedo, lo dejamos subir a nuestra barca.


