Defender la familia es creer que Dios sigue viniendo a nosotros a través de ella. Es reconocer que hoy también hay niños amenazados, familias desplazadas, padres y madres que huyen para proteger la vida. Es sentir que los chicos de la calle, los migrantes, los pobres, los descartados, son parte de esta misma historia de salvación. Son nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestra responsabilidad.
Defender la familia es defender la vida cuando está en peligro. Es elegir el camino de José frente al camino de Herodes. Es apostar por el amor que cuida, por la fe que se levanta de noche, por la esperanza que no se rinde. Relativizar la familia sería relativizar este Evangelio vivido en carne humana. Creer en la familia es creer que Dios sigue salvando la vida desde lo pequeño, lo frágil y lo cotidiano.


