Confesar que Jesús es el Señor —el que nos revela la verdad y el sentido de la historia— supone una confianza total en Dios y en su Palabra. Y esa confianza, muchas veces, se traduce en un dar la vida día a día: en decisiones fieles, en renuncias silenciosas, en una coherencia que cuesta. Pero no estamos solos: el Espíritu Santo es quien inspira las palabras, sostiene la esperanza y da fuerza en la hora de la prueba.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha sido fecundada por un inmenso testimonio de mártires, de toda condición y lugar. Tal vez a nosotros no se nos pida derramar la sangre, pero sí se nos pide algo no menos exigente: dar testimonio del Evangelio con la vida y con la palabra, con gestos concretos y compromisos reales.


