Hoy contemplamos a quien se vació de sí misma y de todo egoísmo para llenarse de la gracia de Dios, que es Cristo mismo, sentido y centro de su vida. María es la llena de gracia no sólo porque llevó a Jesús en su cuerpo, sino porque lo abrazó con el corazón, se hizo discípula fiel, caminó con Él hasta la cruz y esperó con confianza el cumplimiento de la promesa.
Nuestro camino como creyentes es dejar que la Palabra viva y eficaz se encarne en nuestra vida y, a través nuestro, en los lugares concretos donde vivimos, trabajamos y luchamos. No como un barniz superficial, sino transformando los valores profundos, las maneras de pensar y de juzgar la realidad. La Iglesia, animada por el Espíritu y configurada por la Palabra, debe encarnarse más y mejor en su pueblo. Así el Evangelio se recibe y se anuncia; así la historia vuelve a abrirse al paso de Dios.


