Jesús, pensando en la comunidad que nacería de su Pascua, toma el gesto de la viuda como una enseñanza decisiva: a Dios no podemos darle lo que nos sobra, lo que no nos compromete, aquello de lo que podemos desprendernos sin que cambie nuestra vida. La verdadera ofrenda nace de la pobreza del corazón, de lo que somos y tenemos. Dios no recibe cosas: recibe vidas entregadas.
Y esa entrega es posible porque Cristo lo hizo primero. Él, siendo Hijo de Dios, no se aferró a su condición divina. Se despojó de todo, bajó hasta nuestra miseria para enriquecernos con su vida, y nos elevó a la dignidad de hijos. No nos dio algo de más, sino que se dio entero, amándonos hasta el extremo, viviendo lo que proclamó: «Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos».

