ORANDO CON LA PALABRA

De los diez leprosos sanados, solo uno, un extranjero, regresó para dar gloria a Dios, reconociendo que su curación no fue fruto de ningún mérito propio, sino un don puro de la misericordia divina. Los otros nueve, siendo judíos, creyeron que por ser parte del pueblo elegido tenían derecho a ser sanados, y volvieron a la religiosidad del templo sin darse cuenta de que se habían encontrado con Dios mismo, no en los rituales del templo, sino en la persona de Cristo.

La salvación está abierta para todos: judíos, samaritanos, gentiles. Pero es necesaria la humildad de reconocer nuestra pobreza ante el don de Dios. Esta humildad se expresa en el agradecimiento, que es la respuesta del corazón a lo recibido gratuitamente. Y este agradecimiento se traduce en misericordia: una compasión profunda por el hermano necesitado. De esta manera, el ciclo de salvación se sigue abriendo, pues al dejarnos mover por la misericordia, nos convertimos en testigos de la presencia de Dios en medio de nuestros hermanos y hermanas.

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INTENCIONES DEL PAPA

La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.