Estas parábolas son una llamada profética a vivir con el mismo corazón de Dios: salir a buscar, no esperar; tender la mano, no señalar con el dedo; alegrarse por el hermano que vuelve, no juzgar su pasado.
El discípulo no es más que su Maestro.
Estamos llamados a tener su misma paciencia, su misma delicadeza y su misma ternura. No basta con quedarnos en la puerta esperando el regreso del que se fue; el amor verdadero empuja a salir a los caminos, a buscar, a acompañar, a cargar sobre los hombros al herido.
Porque el Reino que Jesús anuncia es una casa donde todos caben, donde nadie sobra, donde la alegría del Padre es que todos sus hijos estén sentados a la mesa.


