La capacidad de entender no es un privilegio reservado a unos pocos y negado a otros. No se trata de un don arbitrario, sino del fruto de una disposición interior: de la apertura del corazón, del deseo sincero de conversión, de un camino de cercanía y seguimiento. Entender la Palabra requiere un esfuerzo del alma, un compromiso que va más allá de simplemente oír. Es dejar que ella nos atraviese, nos cuestione, nos cambie.
Quien ha hecho este camino de encuentro profundo con la Palabra, encuentra en todo lo que sucede una oportunidad para crecer. Por eso puede recibir más: más luz, más sabiduría, más vida. Pero quien se mantiene cerrado, incluso lo poco que tiene lo pierde, porque su corazón endurecido no deja espacio a la Buena Noticia de Cristo.



