Dios se ha hecho Palabra viva para entrar en comunión con nosotros. Y esa Palabra sigue resonando hoy, en lo más profundo del corazón de cada persona. La verdadera pregunta no es si Dios habla, sino si nosotros estamos dispuestos a escuchar, a dejarnos interpelar, a convertirnos en tierra buena. Tierra abierta por la confianza, abonada por la esperanza, y trabajada con gestos concretos de justicia, perdón y compasión.
Aun cuando todo parezca estéril, cuando sentimos que nuestros esfuerzos no dan fruto, la parábola del sembrador nos recuerda algo esencial: la fecundidad del Reino no depende solo de nosotros. La siembra de Dios, incluso en los terrenos más áridos, nunca está perdida. Donde un corazón se deja tocar por el Evangelio, la cosecha supera toda lógica humana. Porque el Reino no se rige por nuestras medidas, sino por la fuerza creadora de Dios, que transforma la historia desde adentro.



